viernes, 18 de mayo de 2012

Edwen Sal y Arena


Sal y arena

Durmió como nunca, sin ningún sueño extraño que lo inquietase o lo hiciera despertar sudando como otras tantas veces.
Una voz dulce lo hizo levantar, se puso las ropas sucias la noche anterior y que extrañamente ahora tenían un tacto suave y sobretodo limpias. Se preguntó si la joven que le abrió la puerta también entró en su habitación aquella noche y le lavó las ropas. Volvieron a golpear la puerta, y a escucharse la aterciopelada voz de la muchacha. <<Ya voy, ya voy>> dijo mientras se abrochaba los botones ahora relucientes de la camisa.
Abrió la puerta.
Y la calida sonrisa de la tímida joven de la noche anterior lo recibió. En sus manos sostenía una bandeja con el desayuno; unas piezas de fruta, cereales, pan y leche.
_Me llamo Lizs _se presentó.
_Yo Edwen _su actitud me desconcertó, en comparación con aquella noche.
_ ¿De dónde sois? _su gesto se dulcificó aún creyéndolo imposible _Los caballeros ni viajeros suelen pasar por estas tierras _añadió distraídamente.
_ De Lamder una pequeñita ciudad en Carcuss _dicho esto su mirada se perdió en el rostro de Lizs. Pero su mirada la incomodó, no estaba acostumbrada a que le dieran mucha atención.
_ Espero que te aproveche el desayuno _dando fin a esos dulces momentos_ Ah, y cuando termines deja la bandeja en la mesa de la entrada.

La joven abandonó la habitación. Cuando se cerró la puerta. Edwen se tiró en la cama maldiciendo a todo ser por su mala suerte y su atrevimiento.  Aquellos momentos podían haber durado mucho más, pero como otras veces siempre la fastidiaba. Pese a su enfado cogió la bandeja y empezó a comer. No recordaba un desayuno en la cama. Porque nunca lo tuvo.
Mientras se comía la manzana, reflexionó sobre la incógnita de la taberna, aquel elfo no era alguien normal y como cada vez que pensaba en él, la extraña sensación de haberlo conocido antes lo acompañaba.
Cuando terminó su desayuno decidió salir y ver el pueblo en sus actividades matutinas, no pensaba quedarse allí más de dos días pero los quería aprovechar al máximo.
Llevó la bandeja a la planta baja y la dejó en la mesa dónde le había indicado Lizs. El aire limpio inundó sus pulmones, renovando cada fibra de su ser.
Los aldeanos trabajaban silenciosamente, el llorar de un niño era la tónica. El sol brillaba con mucha intensidad haciendo que los ociosos aldeanos se acobijaran a las sombras de los porches o bajo los arboles.

El chocar de los cascos de caballos en el suelo hizo a todo el pueblo levantar la cabeza y averiguar de donde provenía aquel ruido. Al instante todas las miradas se posaron en el, como si fuese el causante de tanto revuelo.

El sonido se hacía más fuerte conforme los causantes se acercaban al pueblo. Sin previo aviso Jomenerk salió de su lujosa casa y se plantó en el mismo lugar en el cual me había recibido a mi.
Cuatro elfos montados en sus respectivos caballos se alinearon enfrente de enfrente del alcalde, a falta de otro nombre. Se desmontaron de sus caballos y saludaron respetuosamente a los aldeanos, el primero de todos, el cual parecía el jefe de la diligencia se quedó mirando a Edwen durante un instante, pero algo hizo creer a Edwen que aquel elfo lo conocía. Y no quería ser reconocido, y menos a esas alturas del viaje. Si aquellos elfos lo descubrían adiós a todo aquello por lo que había luchado. 
Se alejó de los recién llegados y se fundió entre la multitud de curiosos. Esa aptitud de fundirse entre la gente y en los lugares; desde pequeño  tuvo que desarrollar esa cualidad con la cual no lo descubriesen cuando se paseaba por la ciudad.

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