Sal y arena
Durmió
como nunca, sin ningún sueño extraño que lo inquietase o lo
hiciera despertar sudando como otras tantas veces.
Una
voz dulce lo hizo levantar, se puso las ropas sucias la noche
anterior y que extrañamente ahora tenían un tacto suave y sobretodo
limpias. Se preguntó si la joven que le abrió la puerta también
entró en su habitación aquella noche y le lavó las ropas.
Volvieron a golpear la puerta, y a escucharse la aterciopelada voz de
la muchacha. <<Ya voy, ya voy>> dijo
mientras se abrochaba los botones ahora relucientes de la camisa.
Abrió
la puerta.
Y
la calida sonrisa de la tímida joven de la noche anterior lo
recibió. En sus manos sostenía una bandeja con el desayuno; unas
piezas de fruta, cereales, pan y leche.
_Me
llamo Lizs _se presentó.
_Yo
Edwen _su actitud me desconcertó, en comparación con aquella noche.
_
¿De dónde sois? _su gesto se dulcificó aún creyéndolo imposible
_Los caballeros ni viajeros suelen pasar por estas tierras _añadió
distraídamente.
_
De Lamder una pequeñita ciudad en Carcuss _dicho esto su mirada se
perdió en el rostro de Lizs. Pero su mirada la incomodó, no estaba
acostumbrada a que le dieran mucha atención.
_
Espero que te aproveche el desayuno _dando fin a esos dulces
momentos_ Ah, y cuando termines deja la bandeja en la mesa de la
entrada.
La
joven abandonó la habitación. Cuando se cerró la puerta. Edwen se
tiró en la cama maldiciendo a todo ser por su mala suerte y su
atrevimiento. Aquellos momentos podían haber durado mucho más,
pero como otras veces siempre la fastidiaba. Pese a su enfado cogió
la bandeja y empezó a comer. No recordaba un desayuno en la cama.
Porque nunca lo tuvo.
Mientras
se comía la manzana, reflexionó sobre la incógnita de la taberna,
aquel elfo no era alguien normal y como cada vez que pensaba en él,
la extraña sensación de haberlo conocido antes lo acompañaba.
Cuando
terminó su desayuno decidió salir y ver el pueblo en sus
actividades matutinas, no pensaba quedarse allí más de dos días
pero los quería aprovechar al máximo.
Llevó
la bandeja a la planta baja y la dejó en la mesa dónde le había
indicado Lizs. El aire limpio inundó sus pulmones, renovando cada
fibra de su ser.
Los
aldeanos trabajaban silenciosamente, el llorar de un niño era la
tónica. El sol brillaba con mucha intensidad haciendo que los
ociosos aldeanos se acobijaran a las sombras de los porches o bajo
los arboles.
El
chocar de los cascos de caballos en el suelo hizo a todo el pueblo
levantar la cabeza y averiguar de donde provenía aquel ruido. Al
instante todas las miradas se posaron en el, como si fuese el
causante de tanto revuelo.
El
sonido se hacía más fuerte conforme los causantes se acercaban al
pueblo. Sin previo aviso Jomenerk salió de su lujosa casa y se
plantó en el mismo lugar en el cual me había recibido a mi.
Cuatro
elfos montados en sus respectivos caballos se alinearon enfrente de enfrente
del alcalde, a falta de otro nombre. Se desmontaron de sus caballos y
saludaron respetuosamente a los aldeanos, el primero de todos, el
cual parecía el jefe de la diligencia se quedó mirando a Edwen
durante un instante, pero algo hizo creer a Edwen que aquel elfo lo
conocía. Y no quería ser reconocido, y menos a esas alturas del viaje. Si aquellos elfos lo descubrían adiós a todo aquello por lo que había luchado.
Se alejó de los recién llegados y se fundió entre la multitud de curiosos. Esa aptitud de fundirse entre la gente y en los lugares; desde pequeño tuvo que desarrollar esa cualidad con la cual no lo descubriesen cuando se paseaba por la ciudad.
Se alejó de los recién llegados y se fundió entre la multitud de curiosos. Esa aptitud de fundirse entre la gente y en los lugares; desde pequeño tuvo que desarrollar esa cualidad con la cual no lo descubriesen cuando se paseaba por la ciudad.
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